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BlogsLa historia de la noticia

Este 24 y 25 de agosto posiblemente será recordado más por la violencia social y política que por el mensaje de los trabajadores agrupados en la CUT y otras organizaciones sindicales. Al final del día fue un paréntesis para el movimiento estudiantil que sí tiene convocatoria, sí tiene discurso real y sí tiene convicción.

 

Más importante aún, respaldo en la opinión pública. La marcha del jueves 25 fue la evidencia empírica. Al menos un 85 por ciento de los manifestantes que pacíficamente armaron un carnaval respetando los trazados dispuestos por la Intendencia Metropolitana fueron los mismos que han convocado a una decena de marchas y manifestaciones de grueso calibre este año: Estudiantes, apoderados y profesores.
 

La CUT y sus aliados lograron bastante poco. Más allá de las cifras que entrega el Gobierno o la Anef, Chile funcionó, el transporte no se plegó y lo servicios públicos trabajaron casi con normalidad, ayudados (hay que decirlo) por la precaución de la gente de no hacer trámites o ir a consultorios salvo que fueran urgentes.

 

La CUT y las demás organizaciones sindicales no tuvieron, y al parecer no tienen, fuerza para convocar multitudes pues improvisaron un paro sobre la base de un cambio radical en la República pero que no tuvo sustento más allá de la jugada política.

 

Faltó pericia de los dirigentes, de esa que sobra en la Confech, para ir desarrollando un movimiento basado en un discurso claro, con organización desde las bases y con un crecimiento progresivo basado en figuras convincentes y carismáticas alejadas de los partidos y de política tradicional. Propiedades ausentes en sus actuales liderazgos.

 

La conclusión es evidente, por más que Chile tenga problemas de igualdad y en esferas tan sensibles como trabajo, salud o de abuso al consumidor, concreto es que el país avanza y la mayoría salió trabajar como lo hace a diario para surgir.

 

La sindicalización en Chile es históricamente débil, pero este paro de 48 horas estuvo más cerca de perjudicarla que de fortalecerla. Pero más allá, el Paro Nacional fue una interrupción en el imperativo de buscar acuerdos para la educación, verdadera fuente de las desigualdades, y de acercar posiciones.

 

La clase política debe comprender que el problema es país y no de un sector, por ende debe estar a la altura de la circunstancias, dejar las trincheras y sentarse para lograr un nuevo acuerdo social para los millones de estudiantes y sus familias. El desengaño social y especialmente estudiantil es con la clase política que desde hace treinta años creó y respaldó un sistema que se ha hecho insostenible, especialmente para la clase media emergente de Chile.

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